Relato atribuido al Alto Cardenal Neremías de Alain (Textos perdidos sobre el Génesis, Vol. III, Tomo segundo). En él sostiene que el origen de los reinos humanos o erên de Occidente Norte podría encontrarse en una antigua conquista conocida por los humanos como La Migración y denominada en ciertos textos atribuidos a los voldor Nasharit Alaav (“Genocidio”). La Migración marca el año uno del calendario de Occidente Norte y el comienzo de la Era del Surgimiento.
Textos perdidos sobre el Génesis. Vol. III. Tomo segundo.
Escrito por el Alto Cardenal Neremías de Alain.
Estimado lector: inicio ahora el relato de los acontecimientos que, según creo, dieron lugar al mundo tal y como lo conocemos en la actualidad. Saliria, la mismísima Bruja en persona, puso ante mí testimonios que durante años habría considerado supercherías, errores de traducción o fábulas nacidas del miedo. No diré aquí qué contenían, ni cuánto de aquello llegué a considerar verdadero. Baste señalar que desde entonces contemplo nuestra historia con menos certezas de las que acostumbraba. Por su causa volví sobre documentos, ruinas y relatos que otros habían despreciado antes que yo, y encontré entre ellos coincidencias difíciles de atribuir únicamente al azar. Si mis conclusiones son correctas, nuestros antepasados conquistaron hace más de siete milenios aquello que algunas fuentes llaman la Tierra de la Armonía. Y, si tan solo una parte de esos testimonios merece crédito, todos nosotros somos herederos de una historia bastante menos noble de cuanto hemos querido creer.
Sobre qué ocurrió después con Saliria, sobre Dum’Shaim y sobre mi propia participación en ciertos acontecimientos prefiero no escribir todavía. Hay conocimientos que soportan mal la luz cuando se exponen antes de tiempo. Hoy basta con ocuparnos de nuestro posible principio. La formación de los actuales reinos del Brundir occidental —Róthur, Nóncar, Olavia y tantos otros— parece haberse producido después de una gran expansión humana o erên sobre las llamadas Tierras de la Armonía, o Tierras de Ármós. De aquella ocupación y de las matanzas que algunas tradiciones le atribuyen no se conserva —o al menos no hemos descubierto— ningún testimonio escrito contemporáneo. Esta ausencia debería volvernos prudentes, aunque no necesariamente incrédulos.
Se cuenta que los erên, o los humanos, llegamos a este mundo hacia la mitad de la Tercera Era, en las postrimerías de su primera edad, conocida precisamente como la Edad Perdida. Algunas estimaciones sitúan aquellos acontecimientos hace cerca de doscientos cincuenta mil años, aunque resulta imposible saber hasta qué punto una cronología tan remota puede considerarse fiable. Las fuentes más antiguas nos describen habitando cuevas al norte y al sur de Ármós, en las llamadas Tierras Baldías, dispersos en pequeñas tribus nómadas. Repiten también una expresión cuyo verdadero significado seguimos sin comprender por completo: que los humanos «nacimos fuera de la Armonía».Qué fue exactamente aquella Armonía constituye otra cuestión. Los textos posteriores la describen como un orden capaz de mantener la convivencia entre pueblos muy distintos, algunos de los cuales hoy pertenecen más al terreno de la leyenda que al de la historia. Los voldor ocupan un lugar central entre ellos. Hay quien los considera una civilización desaparecida; otros, una creación mitológica construida durante los primeros siglos del Surgimiento. Las ruinas atribuidas a su cultura no han resuelto la discusión.
Según estas narraciones, después de incontables generaciones los primeros erên abandonaron las regiones baldías y comenzaron a avanzar hacia el interior. Los relatos más antiguos no hablan de una guerra en el sentido que nosotros concedemos a esa palabra. Hablan de poblaciones incapaces —o quizá poco dispuestas— a responder a la violencia con violencia. Si aquello sucedió realmente como se cuenta, nuestra expansión debió de ser terrible.
Pueblos enteros desaparecieron. Asentamientos fueron abandonados o destruidos y, en numerosos lugares, las ciudades humanas posteriores parecen haberse levantado sobre estructuras mucho más antiguas. Algunas muestran técnicas cuya procedencia sigue siendo discutida. Las explicaciones son muchas: conocimientos olvidados, exageraciones de los cronistas, reutilización de construcciones anteriores o simples errores de interpretación.No tengo intención de decidir por el lector.
A aquella expansión los humanos la llamamos «la Migración». Otros documentos conservan una expresión que se atribuye a la lengua voldor: Nasharit Alaav. Su traducción aproximada sería «Genocidio». Que un término tan preciso haya sobrevivido cuando casi todo lo demás desapareció resulta, cuando menos, incómodo.La Migración se convirtió después en el Año Uno del calendario de Occidente Norte y en el comienzo de la Era del Surgimiento.
Uno de los aspectos más difíciles de interpretar es la aparente incapacidad de aquellas culturas para defenderse. Las leyendas atribuyen a los voldor y a otros pueblos facultades que nuestras crónicas describen mediante palabras como arte, don, armonía o, en traducciones mucho más tardías, magia. Conviene desconfiar de esta última palabra. Con demasiada frecuencia llamamos sobrenatural a aquello cuyo funcionamiento ignoramos. Algunos manuscritos aseguran que esas prácticas estaban vinculadas a la curación, al alivio del sufrimiento o a otras aplicaciones que nunca buscaban causar daño. Puede tratarse de una construcción religiosa posterior. Puede que esas culturas poseyeran conocimientos que nosotros perdimos. Puede, incluso, que nunca existieran de la forma en que las describen los relatos.
No todas las ruinas responden cuando se les hacen preguntas.Las tradiciones aseguran también que algunos supervivientes escaparon de la conquista. En el caso de los voldor, numerosos relatos señalan la lejana isla de Dairish Alim, los llamados Reinos de la Primavera. Ninguna expedición conocida ha demostrado que semejante refugio exista. Tampoco conozco prueba alguna capaz de demostrar definitivamente lo contrario.Después de la Migración comienza un terreno histórico mucho más firme. Los erên colonizaron progresivamente los territorios, levantaron asentamientos y terminaron enfrentándose entre ellos. De aquellas luchas surgieron caudillos, dominios y finalmente los primeros reinos.
Lo que hubiera existido antes quedó enterrado bajo nuevas ciudades, nuevas religiones y siglos de explicaciones sucesivas. De vez en cuando aparece, sin embargo, algún objeto, algún fragmento o algún texto cuya presencia obliga a reconsiderar aquello que creíamos saber.He dedicado demasiados años a esas anomalías para despacharlas ya como simples supersticiones. No afirmaré que los voldor existieran tal como los describen las leyendas. Tampoco escribiré que los prodigios que se les atribuyen fueran reales, ni qué explicación podría tener aquello que algunos autores llaman magia. Hay palabras que tranquilizan precisamente porque parecen explicar lo que en realidad solo nombran.Sí puedo asegurar una cosa: sabemos mucho menos acerca del mundo antiguo de lo que creemos. Y respecto a cuánto he llegado yo a averiguar sobre ciertos asuntos, estimado lector, permítame conservar todavía una pequeña descortesía. El mundo no está preparado para todos sus misterios.