Anotaciones del sabio Aramis (Alto Cardenal de la curia de Oskran), fechadas el día 8 del mes de las lluvias de 1670. A partir de excavaciones, traducciones y relatos de exploradores, Aramis plantea la posibilidad de que antes de las primeras civilizaciones humanas hubieran existido otros pueblos, posteriormente convertidos en mito. Según su hipótesis, una parte de su conocimiento habría desaparecido u ocultado tras la Gran Migración, dejando vestigios difíciles de interpretar por todas las Tierras de Ármós.
Cuaderno de anotaciones / carta del sabio Aramis (Alto Cardenal de la curia de Oskran)
Fecha: Día 8 del mes de las lluvias de 1720
Tal vez estemos ante uno de los descubrimientos más importantes de nuestra historia: no ante la revelación de lo que fuimos, pues semejante afirmación exigiría pruebas que todavía no poseemos, sino ante la sospecha de cuánto hemos podido olvidar. Durante años creí que los relatos anteriores a la Migración no eran más que alegorías, supersticiones y recuerdos deformados por siglos de transmisión. Ahora ya no estoy tan seguro. Los textos encontrados durante las excavaciones de Dum'Shaim —si es que realmente debemos conceder ese nombre a aquello que yace bajo nosotros— hablan de un tiempo anterior al dominio humano. Sus autores describen pueblos y formas de vida cuya perfección resulta tan exagerada que cualquier estudioso sensato debería desconfiar de ellos. Y, sin embargo, algunos detalles se repiten en documentos separados por siglos y distancias difíciles de explicar.
Véase la propia Dum'Shaim. Las tradiciones sostienen que fue la capital de los Voldor, pueblo al que antiguas crónicas conceden atributos casi divinos. Bajo la actual Oskran existen estructuras cuya antigüedad continúa siendo motivo de controversia. De ellas perviven, en la plaza consistorial de Róthur, cuatro columnas elecoidales de una precisión arquitectónica extraordinaria, que parecen arañar el cielo. Alrededor de cada monolito, esculpidas en plata, se extienden frías marcas grabadas en la piedra, signos que algunos denominan runas y que nadie ha conseguido interpretar de manera convincente.
Qué significaban, quién las grabó y por qué determinadas inscripciones semejantes aparecen en lugares separados por miles de kilómetros son preguntas distintas.
El principio de los textos de Al’batur, encontrados hace un año en Idioma Arcaico y que yo, junto a otros doctos, he traducido, resulta especialmente inquietante. No diré que corrobore ninguna teoría. Los poemas no son crónicas y quien confunde ambos géneros termina encontrando pruebas de cualquier cosa. Pero tampoco conviene despreciar aquello que una cultura decide recordar mediante sus canciones.
“Extracto de los cantos perdidos de Al’batur, incluidos en las crónicas Saneméridas”
(transcrito/traducido y citado por Aramis)
«¡Oh, musa, dime cuántos fueron los pueblos perdidas que poblaron el mundo antes del genocidio, cuántas razas y culturas con las que Armós pobló el mundo de luz fueron destruidas! ¡Dime, oh Musa!, cuánta sangre se vertió, tiñendo los campos de fruta madura y tiernas flores. Hoy ya no quedan más que los despojos corruptos de lo que un día fueron o significaron. Cuánto daño puso el hombre en el mundo destruyendo lo bello y ocultando la hermosa sabiduría de los pueblos. Así desaparecieron, ocultas en la espesa niebla o por el cruel acero de los erèn o humanos, los Marmónidas, bellos como los dioses, cuyas ciudades yacen sepultadas de secretos y tesoros bajo las tierras perdidas; los Istarios, amantes de los caballos salvajes, que fueron masacrados bajo la espada de la cruel raza y de ellos hoy nada se conoce. Los Vin, semejantes a delfines, que huyeron bajo el agua buscando el refugio hasta desaparecer. Los Aéreos Maisir, felices voladores de etéreas alas que deleitaban con su música armónica; también ellos perecieron, escondiéndose en lo profundo de los bosques. Los Ravnires. Gigantes del hielo que durmieron para siempre después de negarse al combate contra la cruel raza, pese a ser más poderosos en estatura y fuerza. ¡Oh, Musa!, cuántas razas vieron la muerte o el exilio; cuántas se afanaban incautas en sus labores cuando la cruel raza, como lobos hambrientos, sumió el mundo en las tinieblas de la ignorancia. Así se perdió la Armonía; así se perdió el mundo que primorosamente el dios único había creado.
«También recuerdo a los altivos Nasirish, los de nívea piel, de marmóreas ciudades olvidadas ya por la cruel raza, que sellaron los caminos y olvidaron cómo llegar a ellos. Los Nabúsidas, señores del cielo, y los Okáridas, caminantes de los arcano, que decidieron enfrentarse a la negra crueldad de los seres humanos y perecer con su sangre derramada por la tierra que un día pasearon. Los bandines, señores de las formas, que cambiaban su aspecto a voluntad. Los Kilianos, señores guardianes de la ultratumba, que recibían a aquellos que dejaban la armonía. Los Gaelitas, duendes, pastores de bosques. Los Noldar, primos de los majestuosos Voldor, a los que nadie igualaba en belleza, que sufrieron el castigo por enfrentarse a la cruel raza, no ya pereciendo, sino corrompiéndose, perdiendo su pureza, y durmiendo para siempre en el Ébano gris. Así como los guardianes, Dan’nai, confinados en la cárcel de las tierras grises a no salir jamás de ella: tan pocos quedaron tras la gran batalla con los erên, que temen dejar de existir. Y, por fin, los Voldor, los exiliados y perdidos, los de inigualable belleza, caídos desde su magnífico trono, ya perdiendo su pureza, ya siendo muertos, ya siendo obligados al exilio.
«Dime, oh Musa, ¿por qué la más baja y horrenda de las razas, la más vil y egoísta, desprovista de la luz de Armós, por qué, ¡oh Musa!, puebla y gobierna la tierra que nunca le fue entregada?»
Al’batur describe minuciosamente la caída de numerosos pueblos de Occidente. Que esas palabras constituyan el recuerdo deformado de acontecimientos auténticos, una construcción religiosa o una composición puramente legendaria es algo que no estoy en disposición de resolver. Lo que sí podemos estudiar son las piedras.
Durante mi viaje por las tierras valanas encontré, en una ciudad llamada Aleia, cuatro pequeñas pirámides negras que conformaban la plaza central. Pregunté por su origen y nadie pudo responderme. «Siempre estuvieron aquí», me dijeron una y otra vez, incluso los habitantes más ancianos. La respuesta posee poco valor arqueológico, pero una extraordinaria capacidad para despertar preguntas. Vestigios semejantes aparecen en numerosos lugares de las Tierras de Ármós. Su existencia es indiscutible; su significado no. El explorador Argot de Alón aseguró haber encontrado la ciudad perdida de Idrion en las temidas selvas negras de Draczastán. Sus escritos fueron hallados posteriormente flotando en las aguas del río Anur, arrastrados desde las selvas hasta tierras anuríes. Los textos llegaron. Argot de Alón no.
Otros exploradores, como Alai Asá, describieron en el Gran Desierto tribus que custodian construcciones consideradas sagradas y cuya antigüedad, según sus testimonios, sería muy anterior a los asentamientos humanos conocidos. Es el caso de los Medjai o los Shadjai. Nada de esto demuestra la existencia de los pueblos descritos por Al’batur. Pero comienza a resultar difícil explicar por qué tantas culturas que jamás tuvieron contacto entre ellas conservaron historias tan semejantes.
Más complicada todavía es la cuestión de los conocimientos que aquellos relatos atribuyen a sus protagonistas. Algunos textos hablan de una comprensión extraordinaria de la naturaleza, de la mente y del universo. Otros emplean expresiones que hemos traducido como «corrientes», «armonías», «artes» o «poder».
En documentos mucho más recientes aparece otra palabra: Magia.
Desconfío profundamente de ella. Cuando el hombre ignora la causa de un fenómeno tiende a atribuirle una voluntad, un dios o un prodigio. Que algo resulte inexplicable no significa que sea sobrenatural. Pero tampoco es buena ciencia decidir de antemano que aquello que no comprendemos debe ser imposible. He observado ciertas cosas durante mis investigaciones que prefiero no utilizar como argumento. Una experiencia personal no constituye una prueba, y convertirla en doctrina sería cometer exactamente el mismo pecado intelectual que reprocho a quienes aceptan estas historias sin cuestionarlas.
Por ahora bastará con decir que algunas preguntas han dejado de parecerme absurdas. Tal vez las llamadas civilizaciones perdidas no fueran razas distintas, sino culturas humanas olvidadas. Tal vez los nombres conservados por Al’batur fueran metáforas. Tal vez Dum'Shaim jamás existiera y las estructuras situadas bajo Oskran pertenezcan a un pueblo del que simplemente hemos perdido memoria. O tal vez nuestras categorías sean demasiado estrechas para describir correctamente aquello que ocurrió.
No lo sé.
Quien asegure conocer la respuesta debería demostrarla. Todos los reinos de las Tierras de Ármós se han levantado, de una forma u otra, sobre las ruinas de aquello que los precedió. Algunas pertenecen a pueblos perfectamente conocidos. Otras no sabemos quién las construyó. Las antiguas tradiciones hablan de una época llamada la Armonía y de unos míticos Voldor que habrían ocupado un lugar central en ella. Puede que detrás de esas historias exista un acontecimiento histórico deformado durante milenios. Puede que solo sean la explicación que nuestros antepasados inventaron para unas ruinas cuyo origen desconocían.
Hay, sin embargo, una posibilidad que considero intelectualmente deshonesto descartar. Que una parte de esas leyendas conserve algo de verdad. Cuánta, no puedo decirlo. Y sobre ciertos hallazgos relacionados con ellas he decidido no escribir todavía. No porque constituyan una demostración —sería irresponsable llamarlos así—, sino porque no sabría distinguir dónde termina aquello que puedo probar y dónde comienza aquello que únicamente he visto.
Llegará quizá un tiempo en que esa diferencia deje de importar. No creo que ese tiempo sea este. Hay misterios para los que el mundo todavía no ha aprendido a formular la pregunta.